Pregón de las fiestas de San Pedro, junio de 2019. Atalaya de Santa Brígida



Estimados vecinos, amigas y amigos, 
Estimado presidente de la Comisión de Fiestas, y demás voluntarios entusiastas y generosos, 
Estimado alcalde de la invicta villa de Santa Brígida,
Señores concejales servidores del pueblo,
 
Bienvenidos todos.

Dicen los expertos que esta es la noche más corta del año. Es una alivio para mí, porque nos aseguramos de que el protocolo acabará pronto y pasaremos a disfrutar sin muchos preámbulos del encuentro. Respondo con humildad a la invitación de la comisión organizadora, y espero que entiendan la emoción con la que abordo la tarea. No hay honor más grande que acudir a la llamada de mis hermanos, de mis amigos, de todos ustedes, mis raíces.

El mundo empieza a comprender la importancia de la ancestral cultura de los canarios. La próxima declaración de las cuevas sagradas de Gran Canaria como Patrimonio de la Humanidad, de la que todos los canarios nos sentimos orgullosos, abre también una ventana, invita al protagonismo que le pertenece a los talayeros y las talayeras. Somos hijos de la tierra porque hemos nacido dentro de ella, literalmente. Los hijos de las cuevas tenemos una conexión abierta con los más profundo del  mundo que nos ha tocado vivir.

Los canarios no sabemos, ni podemos, vivir sin la fiesta. Las crónicas de Sedeño, anteriores al año 1500, describen las celebraciones como un lugar de encuentro con los espíritus de los antepasados.  “Contaban el año por doce meses, i el mes por lunas, i el día por soles, i la semana de siete soles. Acababan su año a el fin del quarto mes; esto es, su año comensaban por el Equinocio de la primavera, i a el quarto mes que era quando habían acabado la sementera, que era por fines de junio, hacían grandes fiestas por nueve días continuos, aunque fuessen entre enemigos i tubiesen guerras. Por entonces no peleaban, festejábanse unos con otros”. 

Pues bien, aquí estamos después de cinco siglos, empezando la noche más corta del año, con las cosechas recogidas, dispuestos unos días de encuentro y fiesta. Es decir, que los tiempos pasan, las cosas cambian, pero seguimos viviendo al ritmo que nos marca el sol. Siempre aprendiendo a mantener el equilibrio entre la tierra, el agua, el aire y el fuego. 


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I- LA CASA



Yeray Rodríguez no improvisa cuando dice:

Y ahora, en nuestro presente,
 en más de una geografía
 son las cuevas todavía 
el hogar de mucha gente. 
Allí donde la pendiente
 de la montaña convoca
 por no ser mucha ni poca
 la dureza de su tierra 
hay gente que aún se aferra
 a la oquedad de la roca.

La antropóloga Carmen Ascanio, oriunda de Santa Brígida, en un trabajo sobre las viviendas en cueva de Gran Canaria publicado en 2008, sostiene que la Atalaya no es un lugar cualquiera. Para hablar de este vínculo especial que es la casa para un talayero, podríamos quedarnos en el aspecto sentimental que otorga el hecho de haber nacido en el interior de una cueva, como nos ocurre a muchos de los aquí presentes. Bastaría con resaltar el emotivo recordatorio de los esfuerzos que generaciones enteras tuvieron que realizar para quedarse a vivir aquí, antes que marcharse a otro pueblo. Pero vamos a destacar algunos elementos que nos proyectan, más allá de las emociones.

Conocemos la historia reciente; los tiempos en los que aún no había llegado la electricidad, cuando el agua había que cargarla en baldes y las redes de alcantarillado no existían. Ahora que el calentamiento del planeta es una evidencia, los que hemos nacido y descansado en una cueva sabemos el tesoro que debemos conservar.

Está a punto de desaparecer la generación que vivió el cambio más rápido y profundo de la historia. La que pasó de llevar la leche a Vegueta en caballo todas las mañanas, como hacía mi padre en aquella yegua blanca, a coger el coche de hora de Ignacito y Hermenegildo, hasta llegar a este tiempo de coches eléctricos, de nuevos combustibles. En menos de un siglo, hemos aprendido sin otro remedio a convivir con los impactos del mundo moderno. Pero venimos, somos testigos de una época en la que, por no haber, no existían el teléfono ni televisión ni internet, y para comunicarnos se silbaba de risco en risco.

 Cuando nuestra madre, Fefita, se puso de parto porque quería nacer mi hermano Óscar, inventó sin saberlo el wifi de las montañas. La forma más rápida de avisar a nuestro padre, que trabajaba en la finca de El Llano, en El Raso, fue colocar una sábana blanca en lo alto de nuestra casa cueva, en un lugar desde el que pudiera verse la señal a varios kilómetros de distancia. Gracias a ese sistema llegó a tiempo la partera, era el 9 de marzo de 1964. El mensaje llegó en tiempo real, a la  misma velocidad que hoy circulan los mensajes de guasap. Pero con una sola diferencia respecto a la obsesión actual por las pantallas pequeñas; entonces, para enterarse de las cosas, había que levantar la vista y leer el horizonte. En medio siglo todo se ha acelerado de tal manera, que tenemos que hacer un esfuerzo para no perdernos en este desbarajuste de señales, cables, y contraseñas, de mentiras televisadas en directo, de trampas programadas. Y con tanta tecnología, ya no se encargan tantos niños.

En efecto, La Atalaya no era, no fue, no es un lugar cualquiera. Desde la invención de la fotografía, no hay lugar más retratado en Gran Canaria para mostrar las tradiciones prehispánicas. Los archivos de la Fedac guardan casi 200 imágenes de los dos últimos siglos, en buena parte realizadas por extranjeros que viajaban en busca de aventuras. Más recientemente, La Atalaya se ha convertido en un objeto de estudio de las ciencias sociales, un fenómeno que asegura una proyección de futuro para la que debemos prepararnos. Apenas faltan algunas preguntas por responder: De dónde vinieron los primeros pobladores de este lugar, si llegaron antes o después de la última explosión del volcán, y qué será de este lugar en los próximos siglos. Con todo ello, la historia que permanecerá será la que seamos capaces de protagonizar. Nadie vendrá de fuera a cuidar nuestras verdades.  Tenemos el poder de fabricar con esa historia nuestra identidad en el futuro.

En el padrón de Escolar y Serrano, fechado en 1793, se anotan 176 viviendas en cueva en el entorno de La Atalaya, incluidas 10 en Las Goteras. O sea, a finales del siglo XVIII, el 73% de las cuevas censadas en todo el municipio de Santa Brígida se localizaban aquí. La Atalaya fue durante todo ese siglo, con diferencia, el núcleo más poblado y el que menos suelo ocupaba en todo el perímetro municipal. En ese aspecto, era una sociedad poderosa, capaz de diferenciarse de los alrededores, marginada pero trabajadora. Basta recordar que una de las dos mayores revueltas vividas en el municipio la protagonizan en 1724 los vecinos de La Atalaya, cuando se le niega el derecho a recoger leña en los terrenos comunales del Monte. Esa batalla, de la que se hace eco Alexis Brito González en la Historia de Santa Brígida, dirigida en 2002 por Manuel Lobo y Francisco Quintana, marcó el carácter de la población talayera, que sufrió las consecuencias judiciales del pleito hasta finales de siglo XIX. Casi dos siglos de batallas desiguales, de hostigamiento en los juzgados contra la usurpación de terrenos comunales, dejaron huella en el carácter colectivo. Fue este el motivo que obligó a los alfareros a tener que ir “descalzos hasta la cumbre” a buscar la leña necesaria para guisar la loza, un sufrimiento añadido a las penurias de la época.

La Atalaya es hoy una comunidad que debe cuidarse para no destrozar el futuro. Su abigarrada concentración urbana requiere de un tratamiento especial que no siempre se he ha tenido en cuenta, y que debe ayudar a proteger su legado etnográfico y su perfil histórico. La casa del futuro debe garantizar el equilibrio con la historia, con el entorno y con el cuidado del medio ambiente. La alocada carrera de las urbanizaciones son el ejemplo que no se debe seguir, y en la medida de lo posible, debe compensarse.
A fin de cuentas, la casa es el espacio donde se reúnen los cuatro elementos primeros de la vida: la tierra, el agua, el aire y el fuego.


Video 2
II- EL PAISAJE


Señoras y señores, 
Hace más o menos 2.000 años, a tres kilómetros de aquí estalló el volcán más potente de Gran Canaria. Fue la última vez que la Naturaleza usó su poderío para cambiar el orden de las cosas, abrió para siempre el cráter de Bandama, y convirtió en tierra buena la enorme extensión que va desde aquí al barranco de La Angostura. Fue una explosión tremenda, provocada por el choque entre el fuego de la tierra y el agua, un momento crucial para la creación de este mundo tal y como ahora lo conocemos.

Simón Benítez Padilla dijo en 1963 que el hombre indígena, “con género de vida prehistórica, que entonces habitaba la isla de Gran Canaria, fue testigo y quizás víctima de esta catástrofe”, y si fue así, el poblamiento de La Atalaya, antes o después, no pudo ser ajeno a este fenómeno. 

Aún no sabemos cuando llegaron a este sitio sus primeros habitantes, pero está claro que la gente de la Atalaya ya estaba aquí antes de que llegaran los soldados de Castilla. Durante casi cinco siglos vivieron desafiando al destino, y ahora comprendemos que la tradición de las alfareras es parte de aquella cultura que vio nacer el volcán antes de que el mundo fuera redondo. 

Nadie dudará de que ese volcán que está a menos de 3 kilómetros de aquí también es cosa nuestra, parte de esta historia. Los primeros pobladores se establecieron y desarrollaron sus hábitos circulando por este corredor que es la cara norte del barranco de Las Goteras, desde La Cumbre de San Mateo a Bandama, pasando por El Gamonal. Si no hubiesen transitado por ahí, nunca habrían descubierto el Bermejal ni el barro.

Francisco Morales Padrón dejó escrito que “un pueblo no es sólo un territorio y una arquitectura, es una manera de ser, unos hechos, unos valores defendidos por la comunidad”. Y Manuel Alemán, en la Psicología del Hombre Canario, señala que el paisaje se hace vivencia, se incorpora a la personalidad y actúa como energía dinámica, influyendo en sus entrañas. 

El vínculo del talayero con su tierra conforma su identidad; el abrigo de la cueva, la potencia de la montaña, la fuerza de los barrancos. La mirada siempre llega lejos, cuando se está acostumbrado a recorrer los caminos que bajan hasta el mar al mismo paso que llevan hasta la cumbre. La historia de la Atalaya no se puede explicar sin la solidaridad entre sus vecinos, y sin las actividades que alimentaron las bocas y las esperanzas de la gente. No es sólo un pueblo de alfareras; sin el esfuerzo de los vecinos nadie podría explicar la construcción de los cercados, las enormes y perfectas paredes que permitieron cultivar la tierra a ambos lados de la montaña. 

La tradición agrícola de La Atalaya ha quedado oculta, pero es un patrimonio tan importante como otros, sin él no se pueden entender ni el carácter ni la capacidad para superar las dificultades que marcan la historia de este pueblo. La forma de conservar el grano, de sembrar, el oficio de los repartidores de agua y los regantes, el manejo de las bestias en las tareas del campo, las vacas, los burros y los caballos, el molino, el manejo del ganado trashumante que hasta hace pocos años mantuvo nuestro querido Paquito Alonso… Si hubiese fallado alguna de esas actividades, la historia de la Atalaya no sería la misma. Este patrimonio, esta herencia de sacrificios, merece una atención que hasta ahora ha pasado desapercibida, porque la economía del pueblo pasó a sostenerse con trabajos que obligaron a salir de aquí a hombres y mujeres. Del mismo modo podríamos recordar oficios como los que permitían crear hilos y telas, porque también aquí se aprovechaba la lana, y los telares hilvanaban los vestidos.

En este último siglo se pasó de una población anclada al territorio a emigrar a otros lugares o simplemente a buscar empleo fuera de aquí. Mientras muchos y muchas salían, llegó mucha población ajena, que llenó las urbanizaciones de las fincas reconvertidas, reducidas a parcelas. En las afueras se pasó de los cultivos al chalet con jardín y piscina, y el espacio interior de La Atalaya se adaptó a un nuevo modo de vida. Las cuevas crecieron hacia fuera, las casas se adaptaron a los nuevos tiempos. Pero siguieron siendo el refugio de todos sus habitantes, el rincón que mantiene viva la memoria. Ahora estamos en el inicio de una nueva época, un momento privilegiado para reforzar el valor de este espacio vital y de nuestra historia. 

Las exigencias del cambio climático pronto van a reclamar que se recuperen la alimentación sana, el cultivo cuidadoso, nuevos modos de convivencia. La sociedad dejará, ya está dejando, de consumir plástico para conservar alimentos, y para esto también tenemos solución en La Atalaya, la misma que nuestros antepasados. Los sufrimientos vividos en tiempos de escasez fueron muy ingratos y exigentes. Este pueblo fue una verdadera industria organizada que exportaba productos manufacturados porque no podía ser ni hacer otra cosa. Ese potencial, esa capacidad productiva, también merece ser rescatada para nuestra propia supervivencia. La sabiduría que ustedes guardan para alimentar a generaciones enteras no puede perderse. Sólo se trata de no perder el conocimiento, mantener vivas las costumbres y adaptarlas a nuevos modos de vida. Ser nosotros mismos en un tiempo nuevo, en este rincón privilegiado donde sacamos provecho al suelo de los volcanes por los siglos de los siglos.

A fin de cuentas, la agricultura es la actividad que esparce los cuatro elementos primeros de la vida: la tierra, el agua, el aire y el fuego.






Video 3
III - EL BARRO.

Como nos recordaba Antoñita en 1987, hubo un tiempo en el que “todo el pueblo” de La Atalaya fabricaba la loza. 

No es casualidad que en todos los rincones de Gran Canaria perviven tallas, bernegales, tostadores, loza de La Atalaya. Antes servían para la vida en la casa, se usaban para comer o para guardar el agua o el vino. Ahora sirven a las familias para conservar recuerdos, son testigos de una forma de vida. La que se guardó el lado sur de esta montaña que abriga esperanzas hoy con la misma fortaleza que abrigó a nuestros ancestros.

De la alfarería de La Atalaya se ha escrito y se han dicho muchas cosas. La tradición permite que el pueblo tenga un nombre propio, que todo el mundo identifique este lugar con esta faena, después de sobrevivir a 500 años de inclemencias y castigos. Pero estamos en un momento crítico; la alfarería sobrevive como una pieza del pasado, y mi invitación es a convertirla en una actividad de futuro, a reforzar los cauces ya creados y a imaginar nuevos escenarios. Si hace unos años preocupaba la ausencia de apoyo institucional, ahora nos encontramos con un magnifico centro locero, incipientes apoyos públicos y una cierta curiosidad académica. Adaptar la producción a las nuevas formas de consumo, y vertebrar en ella la transmisión y el aprendizaje de valores sociales, son retos que requieren de un sistema de producción estable, capaz de atender tanto la demanda de piezas históricas y útiles, la dimensión cultural o la simple curiosidad de los turistas. 

Tenemos el barro, el horno y un sitio para recibir a las visitas. Pero faltan manos. Antoñita nos acaba de recordar que cuando era niña, ella quería ir al colegio pero su madre la obligó a aprender primero las tareas de las alfareras. Gracias a esa obstinación llegó hasta nuestros días una forma de trabajar y de vivir, con ella y con otras muchas mujeres y hombres. La alfarería era una tarea colectiva, donde mandaban las mujeres, y donde todo el mundo tenía un cometido. Traer la leña, traer el barro, guisar la loza, llevarla a vender. Con esto se sobrevivió a penurias amargas, se pasaron tiempos muy duros. Estas dificultades se salvaron gracias a un magnífico recurso educativo, tanto que así se educaron generaciones enteras. Pero esta forma de vida estuvo y sigue estando lejos de las escuelas y los colegios. En el mejor de los casos, se enseña sólo como una reliquia de un pasado ya perdido, cuando es un aliciente de futuro, que podría incluso generar empleo.

En el último cuarto de siglo, el entusiasmo de los jóvenes ha conseguido que el barro se ponga de moda. Hoy la fiesta del barro es una de las más apreciadas de Canarias, porque ofrece una conexión con la tierra sólo equiparable a las fiestas de la Rama de Agaete o a las del Charco en La Aldea.  Se ha conseguido traducir al lenguaje actual una expresión de nuestra identidad, y eso es admirable, se incorpora a los bienes que debemos cuidar. Y no sólo por la parranda que se organiza, ni porque el barro sea bueno para la piel, que lo es. Por cierto, en Google, si buscas “terapias de barro”, aparecen las fotos de nuestra fiesta mezcladas con las de centros de belleza de todo el mundo. Por algo será. Pero en el registro de la Fedac actualmente sólo aparecen inscritos en toda Gran Canaria 25 alfareros, sólo dos de ellos en La Atalaya. Aunque son algunos más los que trabajan, sabemos que la actividad sigue en riesgo de desaparecer, y por eso mismo, para salvarla, también la fiesta es necesaria.  

A fin de cuentas, la alfarería es el arte donde se conjugan, con singular maestría, los cuatro elementos primeros de la vida: la tierra, el agua, el aire y el fuego. 


IV- EL FUTURO

Con este equipaje de raíces y memoria, permitan la insistencia. El valor más importante de La Atalaya no está en su pasado, al que debemos respeto eterno. Esta fiesta de las cosechas, esta bendición de San Pedro que hoy pregonamos es también el momento de disfrutar del barro, de reivindicar la esperanza. Ambas cosas, cosechas y barro, agricultura y alfarería, comparten una misma conexión. Son a distinta escala, la combinación precisa de los elementos básicos de la vida: la tierra, el agua, el aire y el fuego, en el equilibrio exacto que mejora la humanidad.

Ambas son expresiones de la fuerza histórica que atesora La Atalaya, y son también fortalezas que alimentan el porvenir. 
 
Todavía no hace un siglo desde que se creó el primer colegio público de La Atalaya, y ya nos explicó Antoñita que había otras cosas que aprender antes. Pero los tiempos han cambiado, y los colegios, el instituto, son hoy los centros que marcan los primeros años de la vida de nuestros hijos. Lo que aprenden aquí les queda para toda la vida. La pervivencia de las costumbres tiene que seguir transmiténdose a los niños, pero las niñas y los niños ya no pueden quedarse en su casa a aprender directamente de sus madres o abuelas. Por eso, es una obligación con la historia, una tarea inaplazable y una responsabilidad profesional que en los centros educativos se preste especial atención a estos rasgos propios de la identidad del pueblo.

La enseñanza requiere de mucha paciencia. En el Coloquio de Historia Canario-Americana celebrado en 2008, María del Pino Rodríguez Socorro, una de las historiadoras que más empeño ha puesto en difundir la experiencia de las mujeres de aquí, expuso (entre otros) este testimonio. 

Una de las mujeres de La Atalaya recuerda cómo su abuela, en los años treinta del siglo XX, la obligaba a trabajar: “¡Coge el barro! ¡venga, a empezar! Y me decía pues si hoy te sale cambao, mañana te sale derecho, porque si estas haciendo y desbaratando, no aprendes. Las cosas que se hacen se dejan como salen y no hay que estar desbaratándolas, sino dejarlas. Me dolía el culo y me decía, no te solivies el culo que no te vas a levantar de ahí hasta que termines y no te vas a almorzar”.

Obviamente, la pedagogía ha cambiado mucho, pero de esta experiencia hay que fijarse en un detalle: se enseñaba aprendiendo de los errores, sin esconderlos ni desbaratarlos. 

La alfarería debe enseñarse como la primera asignatura de los colegios de La Atalaya, no sólo por la Historia que reúne, también por las raíces que transmite para forjar talayeros más cultos, y más libres, más capaces de defender el legado y de adaptarlo a los nuevos tiempos. La actividad escolar es hoy la principal vía de desarrollo de hábitos sociales, la mayor fuente de expectativas de niños y adultos. Por eso, la comunidad educativa debe ser consciente de que en una década no quedarán vivos testimonios orales ni referencias directas de una tradición que sobrevivió a dificultades mucho mayores que las actuales. Se trata por tanto de una exigencia urgente, inaplazable. Los centros educativos, sus profesores, sus asociaciones de madres y padres, sus alumnos, deben cumplir con su misión transmisora y asumir el protagonismo para el que fueron creados. Abrir un espacio permanente de enseñanza dedicado a la identidad local contribuye a formar personas libres y dignas de este mundo. Crear un espacio propio, que incluya las enseñanzas de las alfareras como una actividad académica y curricular, debe ser un objetivo prioritario en los planes académicos. Será tarea educativa descubrir a las alfareras y los alfareros del futuro, y educarlos como protagonistas  de su propia historia.
 
Con similar interés y urgencia debe abordarse la recuperación del importantísimo patrimonio agrícola que identifica La Atalaya. La aportación intensiva de mano de obra a la construcción y la ocupación del suelo con edificaciones han convertido en marginal la tarea de producir nuestros propios alimentos, cuando esa actividad permitió la supervivencia de familias enteras, de todo el pueblo, en los largos años de la penuria. Mientras en las ciudades ya se aprovechan los espacios disponibles para levantar huertos urbanos, tal vez aquí deberíamos pensar en mecanismos similares que aprovechen los nutrientes del suelo, para facilitar la convivencia de tradiciones y necesidades. Me atrevo incluso a sugerir alguna fórmula de convenio con los productores de vino para aprovechar el material de las podas, los sarmientos sobrantes, como leña en el fuego que necesitan en el horno los alfares. Para echar raíces hay que plantar semillas que rescaten las tierras abandonadas. 
 
Esto no será posible sin una decisión política, sin un compromiso estable de aportación de ideas, iniciativas y recursos. La protección de este patrimonio (casa, pueblo, paisaje, tradiciones) no puede quedar sometida a la sola energía de los voluntariosos, que realizan por cierto un enorme esfuerzo diario por mantener las luces encendidas y las bocas alimentadas. Ustedes, estimado alcalde, estimados concejales, tienen en su mano el poder de convertir estas necesidades en compromisos realizables, una tarea que puede extenderse a otros municipios con similares características. Eso reforzará el valor universal de nuestro patrimonio cultural. Les invito a que no miren para otro lado, porque no hay sitio más alto al que mirar. Esto es La Atalaya, el sitio desde el que se ve venir el futuro.

Es además un momento propicio, porque el mundo entero reconoce el valor singular de las tradiciones canarias. Las montañas de Gran Canaria son sagradas porque habitantes como los que guardaron tradiciones aquí han sabido cuidarlas, porque expresan la conexión de los ciclos de la vida con el ritmo del Universo y con el horizonte de la eternidad. La Unesco reconocerá estos días el trabajo de expertos y especialistas como Julio Cuenca, que han dedicado sus energías a descubrir y comprender la memoria de las personas y las piedras. Es justo reconocer aquí también su dedicación durante los años más difíciles a estudiar y rescatar el patrimonio natural y cultural de La Atalaya.
 
Sabemos, en fin, que los pueblos condenados a la soledad son capaces de disfrutar de una segunda oportunidad sobre la tierra, a base de esfuerzo y de fidelidad a su historia y a sus expresiones. La alfarería, las cuevas que nos abrigan, la agricultura, el cuidado de la tierra y del paisaje, la paciencia para mantener vivas las enseñanzas, son las guías que nos marcan el camino, porque otro mundo vendrá y será necesaria toda la sabiduría heredada para afrontar dificultades y alegrías. Tenemos la obligación de defender la energía común, por eso nos convocamos hoy; estamos todos convidados a cultivar la alegría, el futuro es fértil cuando lo riega el entusiasmo colectivo. 

Porque a fin de cuentas, la fiesta expresa en toda su plenitud los cuatro elementos básicos de la vida: la tierra, el agua, el aire y el fuego.
Quedan todos obligados a disfrutarlos
Que vivan las fiestas de La Atalaya!!!

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