Escritos en las arcas de Noé



El Gobierno prepara espacios donde resguardar a los pacientes de coronavirus con contagio leve y a los que no presentan síntomas. Y ha pensado llamarlos “arcas de Noé”. La definición es un tanto equívoca, porque el arca de Noé presupone la elección de un hombre justo para salvar el planeta. Y definitivamente, no es ese el modelo de liderazgo vigente, no ya en España, que tampoco. Pedro Flores, en Los versos perdidos del contramaestre del arca, actualizó la leyenda: “soy un animal errante, que me perdonen las bestias”. La política actual no concede margen al error.

El relato bíblico apunta a la salvación de las distintas especies animales, antes que al rescate de la misma humanidad destructora. Porque el diluvio que anunciaba el encargo era un castigo; la multiplicación de la población había dejado el planeta a merced de la maldad y la violencia de los hombres. El coronavirus actúa ciertamente a favor del ajuste de población, pero más que un desastre final, parece una advertencia. Aquí el poeta devuelve la pelota: “Espero del nuevo mundo menos que los chacales”.

Entonces el hombre quedó a merced de la naturaleza; cuando se abrieron las cataratas del cielo, llovió durante 40 días y cuarenta noches, y fueron exterminadas todas las criaturas de la Tierra. Sólo se salvaron las que habían subido a bordo. Pero en estas circunstancias, ni tan siquiera las naves garantizan un mundo mejor al final de la travesía; los préstamos tendrán que pagarse, las deudas no se olvidarán, los fuertes aprovechando la ventaja. No habrá borrón y cuenta nueva, dice Europa. El contramaestre lo dejó escrito: será un territorio “donde al fin todos acechan a todos”,  hecho “a la medida de poetas y predicadores. Un mundo inhabitable”. 

Nada de lo ocurrido hasta ahora concede alternativa. Si esto es un diluvio, cuando todo pase “sólo una cosa sobrará sobre la tierra. Carroña”.

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