Mundo sin aire
| La economía debate ahora la distribución de la pobreza. |
Las respuestas iniciales a la pandemia muestran reacciones ya conocidas. Entre ellas, el escaso avance en terapias preventivas que ha desarrollado el conocimiento contemporáneo. Con la fragilidad humana al descubierto las divergencias aceleran, de manera que partidarios y detractores dominan la escena con la ancestral costumbre de resolver las discrepancias a cabezazos.
Son tiempos oscuros; la epidemia de la peste negra a mediados del siglo XIV marcó el inicio de la santa inquisición. El temor a lo desconocido, el desvarío del momento, acarrean severas repercusiones en el comportamiento social. En la Edad Media, la máquina de castigar disidentes duró siglos. ¿Ha cambiado en algo el comportamiento de las élites, que permita dar por superado el mecanismo?
Los Estados llegan devaluados al panorama emergente. La tentación de convertir el drama en una excusa del poder perpetuo cuestiona la vocación social de las instituciones. El CIS no será el único ejemplo. Aún así, tendrán un papel relevante, a la vista del destrozo causado por la rápida carrera de contagios. Es una tensión siempre presente, pero la gestión del encierro amenaza con nuevas técnicas de cerrar las bocas críticas.
La función de las mascarillas es curativa; no sirven para ocultar las palabras, por muy desafortunadas que resulten las tonterías de algunos ilustres. El ritual aparta a los desobedientes mientras los muertos no tienen cabida en la era del espectáculo. En términos de imagen, la epidemia parece limpia porque se extrema el control político. Los cadáveres apenas son cifras que suben y doblan curvas. Sólo queda el rastro de ese dolor incoloro en las familias partidas sin duelo.
La economía debate ahora la distribución de la pobreza. La recuperación de la actividad apenas parece dispuesta a moverse hacia nuevos compromisos, más allá de la pura beneficencia expiatoria. Mientras la ciencia urge un freno al consumo climático, la urgencia de un acelerón exige un desgaste mayor, que alivie en precario la emergencia social. Ese rumbo aumentará el riesgo de futuro, acerca un mundo sin aire. Entonces, los supervivientes tal vez entenderán lo que dijo el otro día Jorge Riechmann. “La pandemia de ahora parecerá una broma, comparada con lo que se nos viene encima”. Aunque sea tarde.
La economía una vez más hará su aprovechamiento perverso de esta gran desgracia.
ResponderEliminarEl término humanidad ya es ambiguo. Somos meros números al servicio del poder.
ResponderEliminarEs un artículo muy objetivo, visto con mucha coherencia, me gusta y coincido plenamente con este señor.
ResponderEliminarFelicitaciones
Enrique.
ResponderEliminarFantástica apreciación desde un punto de vista evidente de lo que será un mal reparto económico.