Esfuerzos de reparación

Las dilatadas obligaciones inversoras se reducen ahora a la expectativa de atender gastos corrientes.

Ni mapas ni plazos. El coronavirus no entiende de previsiones. El ecosistema se radicaliza ahora en un mundo desguarnecido. Surgen toda clase de reacciones, como marcando una nueva era. Para Julio Cortazar, que discutió las convenciones del tiempo, “tu egocentrismo barato no te da ninguna realidad válida. Te da solamente una creencia fundada en el terror, una necesidad de afirmar lo que te rodea para no caerte dentro del embudo y salir por el otro lado vaya a saber adónde” (Rayuela). El tiempo de la pandemia alumbra una etapa desconocida para todos, donde pronto surgen toda clase de expertos y mensajes de contundencia proporcional a la ignorancia que los produce. Sin que ninguno sepa dónde vamos a parar.

El nuevo tiempo reclama nuevos esquemas, del mismo modo que el final del franquismo obligó a diseñar el edificio institucional vigente sobre los pactos de la transición. A diferencia de entonces, los representantes políticos actuales parecen incapaces de trazar alianzas más allá de sus escasas simpatías; no están entrenados en la búsqueda, y por eso sólo perciben la parcialidad de sus propias visiones. Egocentrismo barato. Esto hace más difícil tomarse en serio cualquier propuesta, como ese vano intento de rehacer los pactos de la Moncloa, o cualquier otro plan de reconstrucción

Una cosa es percibir la urgencia y otra muy distinta sentir la necesidad de cambiar el rumbo de las decisiones colectivas que implica la política. La deformación constante descrita en los mensajes de ambos bandos aleja cualquier posibilidad de entendimiento, por mucho que abunden las invitaciones banales a la debilidad. 

Por los ecos que llegan de Madrid, Canarias tendrá que asumir una cierta soledad en la configuración de su futuro, en plazos y contenidos. La aportación financiera del Estado, tan cicatero en los buenos tiempos, no parece que vaya a mejorar con los nuevos desafíos. Las dilatadas obligaciones inversoras de antes se reducen ahora a la expectativa de atender gastos corrientes; la transición entrante exige ajustes en otoño. Y planes que debían estar ya resueltos rellenan ahora la lista de dudosos cumplimientos. 

Dos ejemplos. Uno, el desastre acumulado con los expedientes de dependencia. Si ya estaba Canarias a la cola de la gestión de este baremo de la miseria, ¿cómo va a mejorar a partir de ahora? Y otro. La educación urge la inversión negada durante las últimas décadas, porque no quedan abiertas otras vías a la igualdad social. ¿Quién pagará no ya las mejoras del servicio público, sino la simple adaptación de los centros para poder abrirlos? 

Una sociedad castigada por el paso lejano de una pandemia necesita la urgente reparación de sus tejidos más débiles. Y para ello, sólo cabe una mezcla contundente de energía, conocimiento y financiación a fondo perdido. Se requieren esfuerzos inmensos a una fauna entrenada sólo para el beneficio fácil. Eso, o un sacrificio colectivo sin saber dónde vamos a parar. Más equilibrio social o un abismo sin fondo. Usted elige de qué lado empuja.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Canarias, Marruecos, el Papa y el avispero

Lecturas (sesgadas) de verano

La emergencia de Sosa, ¿ruptura amistosa o transfuguismo?