Duro, pero blando
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| Escena cotidiana nocturna en la puerta de una parroquia de Las Palmas de Gran Canaria. |
La clienta hace la compra por teléfono con la precaución que adoptan los mayores ante los peligros inciertos. Las trabajadoras del supermercado del barrio están acostumbradas a mensajes personalizados, y por eso a nadie le extrañó el encargo. “Un trozo de queso duro, pero que esté blando”, anotó desconcertada la joven. “Dígale a la vendedora que es para mí, que ella sabe lo que le digo”, le añadió como única aclaración. Y todos los que escuchaban en la cola lo entendieron perfectamente; la vida requiere un toque suave incluso en las exigencias más duras.
Tal certeza tiende a exagerarse en la gestión de los asuntos comunes, especialmente cuando escasea la capacidad de solucionar problemas. Esta es una época propicia; ante una pandemia sin alternativa, los dirigentes (sin distinción de color y procedencia), prefieren las simulaciones, la versión leve de las cosas, incluso la mentira, que puede serlo por silencio o por relajo. Despachan al público explicaciones blandas aunque la realidad sea dura de roer.
Arturo Pérez Reverte lamentó a mediados de agosto la ausencia de imágenes capaces de describir el drama vigente del coronavirus. En No vimos bastantes muertos, anota que “las imágenes cercanas de ese horror nos han sido cuidadosamente ahorradas por las autoridades encargadas de que durmamos bien por las noches”, y se sorprende de la airada reacción del público ante una de las escasas fotografías de ataúdes acumulados. La gente prefiere, del queso duro, mejor el blando. Y sigue sin ver imágenes severas.
El mes de julio acabó en medio de un espejismo colosal. Especialmente en Canarias, por los bandazos de la frágil capacidad política y por la urgencia por oxigenar los indicadores económicos. El vuelco anotado en el mes de agosto es la lógica consecuencia de esa apuesta por la trivialidad que desde hace décadas marca la gestión de los asuntos públicos. El gobernante canario está acostumbrado al quesito blando.
Como puede contemplarse en Las Palmas de Gran Canaria, la versión oficial atribuye el desenfreno de los contagios a la única (y muy escasa) responsabilidad de vecinos y visitantes. Después de seis meses sin una sola acción preventiva, más allá de proclamas efectistas y ocurrencias de muy liviano presupuesto, se aplica la vieja contundencia policial. Con los gestores camuflados en la espesura del confinamiento.
El resultado de esa gestión negligente salta a la vista. No hay normalidad en la condena a la pobreza perpetua. Estamos aún en la primera fase del escarmiento, como acaba de explicar Alemania con su alejamiento.
Ahora empieza el curso escolar. Niños y jóvenes no podrán volver a las aulas al menos en tres de las islas. Por mucho que esperen o disimulen, ya es tarde para evitar el golpe. Al ritmo que se expande el virus, cualquier otra alternativa sería temeraria. Una decisión prudente ahora no es el resultado de un acierto, es un espasmo. El precio que se paga siempre por el queso duro, pero blando.

Buen análisis «duro pero blando» o pícamelo menúo que es pa la cachimba»'
ResponderEliminarYa estaba echando en falta tu artículo de los lunes....
ResponderEliminarSi que se está pagando un precio.El de los Centros Escolares si que va a estar duro. Buen protocolo... pero a ver "como se va a poder llevar a cabo"