Puerta de otoño
Nadie podrá negar la confusión del mensaje. Cuando se dio por terminado el estado de alarma, el primer día del verano, alguien dio por supuesto que el país salía más fuerte, que nadie se había quedado atrás y que la normalidad quedaba renovada por la vía del decreto oficial. Ay de aquellos gobernantes que no temen al viento. Gobiernan convencidos del poder del vacío, conceden toda su gestión a la levedad de las palabras, creen que la última imagen borra las anteriores y les basta con mostrar, más que sus proyectos, su holograma. El recuento de los acontecimientos muestra un siniestro mapa de espejismos, como comprobarán enseguida con el debate del presupuesto. Las brújulas ya no marcan el norte sino la profundidad de la caída.
Cuando los persas sitiaron Éfeso, sus habitantes, “aficionados al bienestar y al placer, siguieron divirtiéndose según la costumbre hasta que los víveres empezaron a escasear. Sólo entonces empezaron a discutir lo que debían hacer para que no faltase el sustento”. Lo cuenta Temistio al describir la biografía de Heráclito, y basta una mirada para entender que el comportamiento ciudadano mantiene intactas sus tendencias casi tres milenios después. Una vez levantada la cuarentena de la primavera, el verano ha sido pródigo en contagios.
En Canarias, el 21 de junio se habían detectado 2.427 casos del virus que paralizó el mundo en el primer semestre del año, y tres meses después, esa cifra roza los 12.000 casos, de los cuales se mantienen activos casi 7.000 infectados. En España las cosas están peor, porque el hecho insular ejerce una barrera natural que limita la libre expansión del bicho, pero eso no es una victoria. Hasta ahora, ha servido de abono a los insensatos.
Es una evolución lógica; mientras se aplicaron medidas coercitivas funcionó el freno, pero la liberación de movimientos elevó el ritmo de los contagios una vez se retiraron las cautelas ciudadanas. Las instrucciones públicas no impidieron la expansión, por evitar carencias del sustento y por menosprecio a los avisos de prudencia.
Este tránsito es el que define el tamaño de los gobernantes; durante décadas, el político español se conformó con gestionar contratos. Por eso ahora les coge por sorpresa la exigencia de líderazgos capaces de fijar alternativas a la penuria. El problema no es que improvisen, sino que acierten; por ejemplo, a la hora de suspender las pruebas masivas a los adolescentes de las islas más averiadas. En eso ha dado una lección el alcalde de Tejeda, llamando la atención a los incautos cuando se han dejado llevar por el relajo. Hoy empieza el otoño, la puerta a un ciclo desconocido. En la ciudad con más contagios de Canarias prefieren esconderse a ver si escampa.

Después del otoño llegará el invierno y a peor.
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