Tierra quemada
La superficie abarca unos 266.000 kilómetros cuadrados. El terreno está completamente empedrado; las declaraciones de buenas intenciones, las manifestaciones simpáticas, los llamamientos de los gobiernos de este mundo han quemado por completo el suelo de ese infierno. El modelo seguido hasta ahora segó, de una en una, todas las posibilidades de cumplir el mandato internacional, que reconoce a la población concernida el derecho a la libre determinación de su destino. El proceso era bien simple; bastaba con completar la descolonización fijada en el concierto de las naciones desde mediados del siglo pasado. Y para ello, un referéndum, un día, un acontecimiento. El voto soberano respetado. Así sería la paz en la región; un ejercicio de respeto.
Canarias no quiere recordarlo, pero en 1975 el Archipiélago fue receptor de la operación Golondrina, base de acogida de los evacuados, deprisa y corriendo, de los territorios del Sáhara Occidental. Resultó ser un ensayo de lo que ahora parece una rutina de frontera; llegada masiva de inmigrantes, en aquel caso mediante un puente marítimo que se prolongó hasta febrero de 1976. Eran los repatriados que dejaban atrás su vida y sus pertenencias, expulsados por la beligerancia de Marruecos, en una maniobra que usó como excusa la debilidad política de España en la agonía y muerte de Franco. Es un hecho contrastado que mientras eso ocurría, otros completaron un negocio redondo, por el que iban a convertirse en firmes defensores de la ocupación violenta. Les bastaba el silencio para cobrar los beneficios; recientes acontecimientos ilustran sin necesidad de más detalles la contribución decisiva a esta dinámica del que pronto sería rey de España, y de su corte.
En este postureo histórico, todos los agravios se acumulan del lado de los abandonados, y todas las trampas en el buzón de los asaltantes. Desde que en 1991 se declaró el alto el fuego en la región, Canarias (sus poderes económicos primero, y más tarde sus dirigentes políticos) pasó de una activa defensa del derecho del pueblo saharaui a la sumisión del relato marroquí, mediante un conglomerado de conexiones financieras. No fue gratis; la presencia de intereses marroquíes en suelo canario es hoy visible a plena luz del día, y el fenómeno migratorio, con su orden de pateras y sus muertos, engrasa esa dependencia. El esfuerzo oficial y mediático en ocultar los intereses que cautivan el destino de la región algún día nos va a pasar factura. Esos viajes, esas diversiones morunas habrá que pagarlas. La paz que compran con silencio es, sobre todo, mentira. Tierra quemada.

Pues si.
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