Aprender de los niños



Con la llegada del invierno se despiden los alumnos de las aulas en el primer descanso de un curso raro. Durante las tres próximas semanas el control de la pandemia vuelve a quedar exclusivamente en manos de las familias, sin más protección que un cúmulo de normas confusas y la voluntad de los agotados profesionales de la salud.


Los temores iniciales al contagio en los centros educativos quedaron superados con el esfuerzo  de la inmensa mayoría de los miembros de las comunidades escolares, especialmente en Canarias pero también en el conjunto del Estado. La actividad en los colegios y en los institutos ha incorporado a la dinámica social las precauciones y los hábitos suficientes para evitar más contagios, frenando la tendencia al relajo observada durante el verano. En las islas, el primer trimestre del curso acaba con un resultado ejemplar, con apenas 39 grupos afectados por algún caso, del total de 17.000 unidades existentes en la enseñanza no universitaria. 


Dice Amós García que estas navidades serán mejores si las familias hicieran caso a los niños, si todos en el entorno casero fueran capaces de seguir las instrucciones aprendidas en las aulas durante el trimestre. Usar la mascarilla, lavarse las manos con frecuencia y mantener la distancia necesaria son conductas obligadas para evitar las salpicaduras de un virus que seguirá sin control por ahora. Lo único que impide el rigor de ese comportamiento es la falta de conciencia o de disciplina, porque nadie puede alegar ignorancia a estas alturas. 


Educar a los adultos es ahora el juego que tienen que asumir los pequeños, son ellos los que empiezan a liderar así el futuro. Una generación de ancianos se ha perdido definitivamente aparcada en el silencio frío de las residencias. En medio de niños y mayores queda una población aturdida por los imprevistos, frente al cambio profundo que acaba de iniciarse. Para frenar el coronavirus ya está en camino la vacuna, pero la pobreza resultante de este desatino va expandirse sin remedio.

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