Caldos de cultivo

Campamento de inmigrantes en El Lasso, en Las Palms de Gran Canaria. Foto de Elvira Urquijo.


Un caldo se hace con cualquier cosa. A veces, si no da tiempo a reunir los ingredientes, se dispone de un surtido amplio en el supermercado. Tienen la ventaja de lo prefabricado, y los inconvenientes de todas las apariencias. Porque un caldo casero de bote no es casero; es un señuelo, palabras envasadas al vacío.Y los sabores son simples imitaciones. 


Los caldos necesitan tiempo, fuego comedido y ese conjunto de ingredientes que los hacen digeribles. Cualquier exceso destroza el producto, y daña a quien lo absorbe. La indigestión acarrea efectos secundarios que pueden acabar con una descomposición general del sistema. 

Ahora, ponga en un caldero un virus de origen desconocido. Manténgalo un año sin más control que la recomendación de quedarse en casa, elevando a veces el nivel con un liviano toque de queda. Sature bien los hospitales, mientras invita al público a echarse a la calle para darle un poco de alegría a los comercios. 


Obsérvese el detalle; al mismo tiempo que se aconseja el encierro, se estimula la algarabía. A veces en ritmos alternos (todos en casa, todos a la fiesta), a veces repartidos por zonas; de manera que cuando unos abren, otros cierran, y viceversa. Los resultados están en todos los periódicos, en las televisiones. Los números cuentan millones muertos en el mundo, cientos en Canarias. Expertos de todo pelaje inventan recetas más o menos inútiles. Paquetes de ayuda que van a tardar más de dos años, acaso muy tarde para los desahuciados. Vacunas lejanas, sálvese el que pueda. En un hospital grancanario estos días los fijos exigen trato preferente, que esperen los eventuales. De esta saldremos juntos, pero unos antes que otros. Cada uno a su nivel.


En el mismo recipiente, con la mitad de la población sin empleo, encierre durante varios meses a más de 15.000 inmigrantes sin alternativa en los barrios más pobres, y deje pasar el tiempo para no molestar a los gerifaltes del Gobierno central. Elija el silencio de Madrid, Berlín o Bruselas, según prefiera. Tómese la cosa con calma, como hacen los gobernadores, los diputados y los senadores, siempre vigilantes de los plazos. Y si el caldero se rebosa, no diga que no lo sabía. No se lamente. Y no se esconda.

 

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