Entre olas
Si no fuera por los muertos, que antes de fin de mes serán ya más de 500 en Canarias, esto de las olas del coronavirus resultaría un entretenimiento digno de cualquier tertulia. Si no fuera por los muertos, que hasta anoche eran 53.314 en toda España, esto del coronavirus podría parecer una disputa política, de esas que acaban entre sapos y culebras. En las tribunas oficiales, también por esto, sus señorías disparan más escupitajos que un futbolista con sinusitis. Si no fuera por los muertos, que ya son más de dos millones en el mundo, el recorrido de aquel virus detectado en China pasaría por ser un capítulo más en la agenda pendiente de los líderes del mundo, un episodio más del negocio de la salud, un espectáculo más del show. Como esas nevadas o esos incendios o esas inundaciones que mantienen al público atento al televisor.
Si no fuera por la entrega del personal que protege la vida, el recuento de víctimas sería mayor aún, antes y después de la fiesta, pero las cifras son apenas una pieza más del decorado. Puedes decir que el balance cotidiano es lo más parecido a que se estrelle un avión cada jornada; ni así arrancarás una sola lágrima, más allá de las derramadas por los familiares y algún que otro allegado, a veces con la impotencia de los que tratan de atajar los males. Aún no se ha descubierto a partir de qué número (re)flexionan las conciencias del siglo XXI. Las pruebas anteriores llegaron a casi 50 millones de víctimas en la Segunda Guerra Mundial. No habían sido suficientes los 20 millones de cadáveres que dejó la primera; La ciencia, con todos sus avances, no alcanza a explicar aún dónde está el límite. Qué hace falta para tomarse en serio las señales de cualquier tragedia.
Y después está la gestión de los desastres, esa actividad que limita daños si es eficaz, o los empeora si es torpe o negligente. Esa parte de los problemas que el dinero no arregla, lo que una pala no limpia. El esfuerzo capaz de impulsar, ente ola y ola, la inteligencia colectiva. Eso que, entre tanta gobernanza, destaca por su ausencia.

Muy bueno, porque percibes que el deseo humano es solo racional cuando se lo recuerdan, y, a veces, ni eso.
ResponderEliminarCamarada Martel, las lágrimas son para los perritos o las cabras tiroteadas por esos riscales... Como usted menciona, el recuento de muertos es el de unos cuantos aviones caídos, pero aquí no se reclama una "comisión de investigación", y mucho menos se llora. En todo caso lágrimas de saurio acuático. A falta de lágrimas echamos espuma por la boca porque nos arrebatan nuestra superlibertad a golpe de decreto, porque no nos dejan celebrar la alegre Navidad a golpe de tarjeta de crédito o echar copas en los cafetines, sorroballándonos a conciencia, que todo eso del virus chino es una confabulación judeomaoísta. Y le dejo que voy por un pañuelo, que se me están saltando las lágrimas, pero de la risa.
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