Elecciones en la ULPGC ¿Ganó Serra o perdió Robaina?
Las elecciones a rector de la ULPGC celebradas el pasado 25 del febrero ofrecen datos que deberían preocupar a todos los que defienden el valor social de la Universidad. Especialmente escuálido ha sido el nivel de participación. Por primera vez en la corta historia de la ULPGC, el porcentaje de votantes no llegó al 20%; sólo 3.951 miembros de la comunidad educativa acudieron a las urnas, algo menos del 19% de los 20.796 inscritos en el censo. Eso a pesar de que este registro censal ya era más reducido que el de la convocatoria anterior, de 2016, cuando la comunidad universitaria la formaban 22.390 personas. Pero entonces fue a votar algo más del 26% de los inscritos, siete puntos por encima de la cita de 2021. ¿Cómo se explica que siendo una comunidad más reducida, vayan menos personas a votar? En un entorno donde supuestamente se valora el conocimiento, ¿qué ocurre para que el colectivo concernido se desentienda, deje de interesarse por el rumbo de la institución?
El sistema electoral aplicado pondera el voto de los distintos estamentos, pero no fija límites que estimulen la participación. En la Universidad, sólo se contempla una segunda vuelta eliminatoria cuando ninguno de los candidatos obtiene más del 50% de los votos.
Sin otro tipo de contrapesos, el sistema de elección universitario deja abierta la posibilidad de que un pequeño grupo organizado asuma la gestión institucional, no sólo en su dimensión financiera, de una institución sostenida con recursos públicos. Esta fisura es la que ha facilitado la victoria al equipo ganador, pero alguna responsabilidad habrá tenido el equipo perdedor, especialmente si se tiene en cuenta que el candidato derrotado ejercía hasta ahora el Gobierno de la institución. La Universidad debería revisar esta falla, si quiere modelarse como una referencia democrática, porque la dinámica experimentada cede la representatividad a pequeños grupos de presión a los que no se exige capacidad de gestión. Una debilidad visible incluso de haberse producido un resultado distinto en esta convocatoria.
Récord de abstención
Pero en las condiciones vigentes, cabe preguntarse si las elecciones las perdió el rector saliente, Rafael Robaina, o las ganó el candidato entrante, Lluís Serra. Con una reducción de siete puntos en la participación, pocas dudas deberían quedar, porque ninguno de los dos candidatos supo movilizar al electorado. Pero en un escenario reducido, ¿qué ha pasado para que el candidato saliente no haya podido revalidar el cargo?
Los datos ponderados son conocidos. Pero analizados en bruto, sobre un censo de 20.796 personas con derecho a voto, Serra obtuvo el apoyo del 11,1%, con sus 2.312 votos, el peor registro de un rector en la historia reciente de la ULPGC.
Serra perdió entre los profesores por un margen muy escaso (obtuvo 490 votos, frente a los 546 de Robaina, apenas 56 votos de diferencia), con un entorno de participación alta (63%) entre la plantilla docente de la Universidad, con un total de 1.644 profesores inscritos en los distintos niveles. Los profesores asociados de Ciencias de la Salud, que aglutina al entorno profesional de Serra (que es médico) fueron los más abstencionistas, pues sólo acudió a votar el 27,5% de los censados en ese grupo, y aún así, Serra salió derrotado, pues ese grupo lo ganó Robaina con 35 votos frente a 28 de su rival. Serra sólo ganó en el más pequeño de los grupos de profesores, los investigadores no permanentes, con 35 votos, que son el 29,3% del total de ese sector.
Con esa igualdad en el profesorado, los otros dos estamentos iban a resultan decisivos; los estudiantes y el personal de Administración y Servicios (PAS).
Los alumnos rompieron el suelo; sólo fueron a votar 2.191, el 13,5% de los estudiantes con derecho a voto, cuando en las elecciones de 2016 acudió a las urnas el 42% en la primera vuelta, (aunque en la segunda ese porcentaje cayó al 22,3%). Y de esos votantes, el equipo de Serra convenció al 70%. En el contexto de la pandemia, la participación de los alumnos estuvo condicionada por varios factores.
El primero, la fecha de las elecciones, celebradas cuatro días después del regreso a las aulas tras las vacaciones de carnavales, en los primeros días del segundo cuatrimestre, en un curso en el que gran parte de la actividad académica se ha gestionado online, sin presencia física en las Facultades, una condición necesaria para acudir a las urnas. El segundo, bajo el influjo de la reivindicación de los exámenes online, frente a la exigencia institucional de exámenes presenciales. No es ajeno a ese debate el papel de la Consejería de Educación del Gobierno canario, difundiendo en los días previos a las elecciones por todas sus redes un mensaje confuso que daba a entender que los exámenes en la Universidad serían online, haciéndose eco ¿inocente? de una decisión del Rectorado… de la Universidad de La Laguna. El hecho de que Serra ejerciera de portavoz del comité de expertos que coordina la gestión de la pandemia seguramente nada tuvo que ver en esa confusión, pero lo cierto es que el alumnado que acudió a votar fue el movilizado casi en exclusiva por Serra. Aún así, el 92,5% de los estudiantes de la ULPGC no apoyó a Serra, pero la movilización de un grupo pequeño bastó para marcar una gran diferencia. El rector saliente no consiguió ni el 30% de estos votantes.
Y por último, el sector del PAS fue el otro pilar que sustentó la victoria del ganador. Es el único estamento que dio un apoyo decidido al doctor Serra, que obtuvo 442 votos, el 52,8% del censo de este grupo, donde acudió a votar el 78% de los inscritos. Este apoyo mayoritario se explica directamente por la continuidad en la candidatura de Robaina de la gerente que durante el mandato mantuvo un enfrentamiento frontal con la plantilla no docente.
Con su apuesta, Robaina dio por perdido el voto de este sector, pero con ese atrevimiento, era exigible la movilización de los demás estamentos universitarios, lo que finalmente no ocurrió.
La campaña electoral estuvo marcada por una presencia inusual de ambos candidatos en los medios de comunicación de masas, que incluso tuvo un insólito debate entre los dos aspirantes al Rectorado en la televisión pública de Canarias, y continuas apariciones en prensa y radio durante las dos semanas previas a la jornada electoral. Sin embargo, ese despliegue mediático no contribuyó a movilizar a los votantes, a la vista del récord de abstención obtenido. ¿O era ese el objetivo que se buscaba? Ese esfuerzo operó un desgaste en los candidatos, y el que más perdió fue el rector saliente, que sólo tuvo contacto con pequeños grupos durante la campaña y se diluyó en ese laberinto.

Cada vez estoy más convencida, compañero de fatigas que la sola presencia en los medios no garantiza nada. O volvemos a los cafés, las reflexiones serenas y a la movilización desde la conciencia o seguiremos viendo alejarse a la ciudadanía de los espacios de decision. Y eso me parece preocupante para el desarrollo de la democracia.n
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