El Día de Canarias empieza hoy
Las celebraciones generan una imagen idílica, paisajística, de la realidad festejada. Canarias es un mapa complejo de islas con una amplia gama de colores, que expresan con nitidez los principios de los cuatro elementos primarios de la naturaleza. Tierra, agua, fuego y aire alineados en bandera se convierten en el motivo central de la exaltación de cada 30 de mayo, como ayer, desde hace 38 años. Una base que proyecta los matices propios de los filtros de la nostalgia, bañados con ese aire ceremonial de distinciones más o menos necesarias.
No se trata siquiera de una gesta fundacional, ni se adorna de epopeyas colectivas. No vaya a ser que al estar tan lejos de todo, tan oceánica, alguna ola rompa el equilibrio de las fronteras. Evítense las confusiones. Estamos en la primera incursión festiva institucional tras la pandemia, un momento de recuperación de símbolos que sin tenderetes callejeros pasaría bastante desapercibido, si no fuera por la inyección de propaganda que eleva los ánimos mediáticos.
No es tiempo de euforias, aunque el contexto invite a convivir con ellas. Aquellos cantos que proponían una Canarias con pleno empleo, y el pronto final de la desigualdad social, suenan hoy como una cruel ironía del destino. No se trata de negar los esfuerzos, sino de observar los resultados. Con pandemia y sin pandemia, los pasos hacia los niveles de bienestar europeos transitan cuestas imposibles de superar para una amplio sector de la población. Se puede inyectar más dinero, pero la urgencia de recuperar cierta normalidad no sirve de coartada.
El laberinto es un bosque envasado al vacío. El desempleo alcanza los niveles más altos de Europa, con al menos 282.000 inscritos, además de otros 90.000 que desesperan en las colas de los ERTE hasta que el turismo recupere sus rutinas, sin otra expectativa juvenil que la marginalidad o la ausencia. Las carencias en las ayudas sociales están descritas, porque vienen de lejos, y las mejorías recientes no alcanzan al grueso de los afectados. La (falta de) atención a la Dependencia es sólo el clavo más visible de ese panorama, y sin embargo, el Gobierno canario reúne más de 30.000 contratados sin regulación legal, que mantienen una administración frágil, con pies de barro. Será una sociedad sin hijos. No quieren quedarse aquí ni los desheredados que arrastran las mareas.
Aunque parezca imposible que la vida en Canarias sea mejor (desafortunado mensaje publicitario para estos tiempos), lo cierto es que el paraíso está ahora más lejos que ayer. Y por eso mismo, todo empieza ahora. La cultura del esfuerzo no está de moda, pero es la única puerta abierta a las esperanzas. Lo saben los dioses antiguos; no hay fiesta sin sacrificio.

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