Marruecos en Canarias, dinámica de silencios
Los sucesos de la última semana en Ceuta demuestran que lo ocurrido en la frontera de Canarias desde agosto no fue un simple problema de inmigración, aunque se manifestase con la llegada en patera de decenas de miles de personas y un número desconocido de muertos en la mar. Las maniobras de Marruecos para desestabilizar la región presionando a España forman una línea continua desde la invasión del Sáhara en 1975, y conviene anotar que el dibujo está lejos de completarse. La llegada masiva de inmigrantes no fue entonces el resultado de una hambruna especial en la región, como tampoco lo había sido antes, sino una operación calculada en el contexto de la pretensión del régimen de Rabat de beneficiarse de las debilidades del momento, con el mismo objetivo de siempre. Como es el de consolidar su posición en el conflicto por la soberanía sobre las tierras, las aguas y la población de la antigua colonia española.
Apenas dos semanas antes de que las puertas del mar se abriesen en la frontera de Ceuta, el Instituto de Seguridad y Cultura (una asociación sin ánimo de lucro creada en España para “la prevención del extremismo violento y la investigación sobre Seguridad y Defensa”) publicó el informe Marruecos, el Estrecho de Gibraltar y la amenaza militar sobre España, donde se describen los efectos para la región del reconocimiento por parte de Estados Unidos de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
La conclusión principal no puede resultar novedosa, porque repite un viejo axioma del expansionismo marroquí, según el cual el asalto de Ceuta y Melilla será la prioridad del régimen en cuanto se complete la ocupación del Sáhara. Lo ocurrido este mes revela que la vieja teoría se ha convertido, de la noche a la mañana, en un ejercicio táctico no detectado por los servicios diplomáticos ni por la supuesta inteligencia española. Lo de menos es la acogida del presidente saharaui, Brahim Gali, en un hospital español; el régimen que sostiene a Mohamed VI sólo necesitaba una excusa para dar rienda suelta a sus intenciones.
La debilidad española no es casual ni inocente. Responde al enorme despliegue realizado en las últimas décadas por los financiadores del régimen marroquí, destinado a eliminar el apoyo social a la independencia del Sáhara con el señuelo de reducir las relaciones a una cuestión comercial. Obsérvese que ni un solo análisis de los difundidos en España en este contexto alienta la necesidad de respetar el mandato de Naciones Unidas, destinado a resolver el conflicto saharaui con la celebración pacífica de un referéndum de autodeterminación.
En esta fragilidad, Canarias resulta invisible, reducida a espasmos costeros y sometida a la peligrosa dinámica de los silencios. El informe de referencia es un ejemplo; en las 30 páginas que lo componen, los autores sólo citan el archipiélago en una ocasión, al referirse a la “capacidad (marroquí) de disputar la soberanía de los montes volcánicos sumergidos de las Islas Canarias”. Ni una referencia a los efectos de la inmigración forzada, ni una alusión a las repercusiones de la creciente tensión militar prevista en la frontera insular. Islas de futuro ausente. Un interés que se suma al demoledor ejercicio de distracción editorial en los medios de comunicación de las Islas, rendidos a los brebajes de los mercaderes del desierto.

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