La orquesta marroquí


La crisis desatada en los últimos meses por Marruecos ofrece algunas lecciones a tener en cuenta


En pocas horas ha vuelto a instalarse un velo de silencio sobre el complejo mapa de influencias que se mueven alrededor del conflicto del Sáhara. La escandalera organizada por el rey Mohamed VI con la excusa de la presencia del líder saharaui Brahim Gali en un hospital de Logroño no parece rentable. Reactivó el apoyo ciudadano a la causa de la descolonización y añade un motivo de desconfianza a las frágiles relaciones con Alemania y con la UE, con el uso despreciable de niños y jóvenes como armas arrojadizas en la frontera con Ceuta. Es decir, la majadería del rey ha añadido dificultades a su pretensión de consolidar la invasión del territorio vigilado por la ONU. 


Entre las fuerzas políticas hispanas, queda claro que el PP no parece interesado en defender la solución para el Sáhara prevista por la ONU. Al menos no se le ha escuchado en estas semanas ningún pronunciamiento en defensa del referéndum fijado por la comunidad internacional, ni conoce manifiesto alguno de la actual dirección de Pablo Casado de refuerzo al plan de descolonización de Naciones Unidas. Un plan que sigue siendo la única vía reconocida como solución al desastre que dejó España pendiente en 1975. En cambio, se han difundido con amplio eco las opiniones de exministros de Exteriores como Ana de Palacio y del Valle Lerchundi o José Manuel García Margallo, abiertamente partidarios de acelerar la anexión. 


No se trata, en todo caso, de criterios particulares, ni es un asunto menor que el principal partido de la oposición esquive una pieza clave de política exterior, como es la defensa de los acuerdos fijados en el marco de las Naciones Unidas. A la opinión pública española le vendría bien conocer las intenciones futuras de fuerzas con pretensiones de gobierno, en otros asuntos pero en este también. 


La dinámica no es nueva. Secunda los pasos de dirigentes del PSOE, sin distinción de su trayectoria política. Desde Felipe González a José Luis Rodríguez Zapatero, pasando por José Luis Moratinos, las manifestaciones públicas de apoyo a Marruecos resultan sobrecogedoras y nada inocentes, porque tienen correspondencias obscenas con beneficios particulares obtenidos por favores servidos. Más que política exterior, parece mercancía barata. Sin nada original que añadir; se complacen en reproducir las instrucciones del aparato.


La orquesta se completa con la manifiesta voluntad de las organizaciones separatistas catalanas de someterse a la conveniencia de Marruecos. Las piezas más recientes las ha mostrado Carles Puigdemont desde su palco en Bruselas, pero tampoco son novedad en el frente. Hace varias décadas que el catalanismo encontró un buen nutriente en el fertilizante marroquí. Lo que en Cataluña es separatismo republicano, en Rabat es vasallaje y pleitesía.


Tantas evidencias revelan que entre las formaciones políticas más influyentes de España el nivel de coincidencia está muy lejos de ser casualidad, salvada las voces testimoniales de Podemos y otros grupos de la izquierda. La terapia de sordina sugiere que sin la aceptación del proyecto expansionista de Rabat no habrá calma en la región.


La dinámica resultante condena al Archipiélago a una permanente frontera caliente, sometida al capricho de un vecino incapaz de entender el respeto a los derechos humanos. Como si el plan de descolonización fuese una cosa de viejos majaderos, sin otro destino que la vigilia frente a los arrebatos de un régimen despótico. Por todo eso, la voz de Canarias no puede limitarse a una cuestión de solidaridad; la paz en la región es una exigencia política. No deberían olvidarlo los representantes soberanos, ante las próximas incidencias que están por venir.

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