Segundo verano de pandemia
Algo debió ocurrir para cambiar el curso de los acontecimientos. No parece gratuito que la multitud decidiera, por caprichos del azar, prescindir de las precauciones mantenidas durante más de un año; cuando parecía que el virus estaba ya bajo control, cuando la reducción de los contagios indicaba que el verano iba a permitir la recuperación de hábitos sociales, todo se torció hasta convertirse en un disparate colectivo.
La primera confusión viene por la reducción del número de muertos. No importa que hayan fallecido más de 81.000 personas en España a causa del coronavirus, de las cuales 793 se registraron en Canarias. Puede parecer poco, o mucho, según. Pero a finales de enero morían más de 580 personas al día por el virus, y el 11 de junio sólo se anotaron 8 muertos por la misma causa. Luego esa cifra remontó, pero algunos días de julio (los días 2 y 7) sólo se han registraron dos fallecidos en todo el país. En Canarias, durante varios días a comienzos de este mes de julio de 2021 no se produjeron muertes por covid, y en varias islas llevan semanas sin recarga en los tanatorios. O sea, que el temor a morir por contagio parece disiparse. Los análisis políticos de esto no hablan, pero lo tienen en cuenta.
De lo que presumen los gestores es del nivel de vacunación, un factor que anima a prescindir de las mínimas precauciones recomendables ante un virus que muta y viaja sin control. Es la segunda causa de confusión; la urgencia por acelerar el consumo, por activar la economía, lleva a presumir de la vacunación como un éxito (“va como un tiro”, dicen ministros y presidentes cada vez que se comen un micrófono), cuando en España la pauta completa (o sea, la vacuna eficaz, porque sólo la primera dosis no basta para las nuevas mutaciones) roza al 46% de la población, o sea, menos de la mitad, según los datos oficiales de este lunes 12 de julio.
En Canarias, el porcentaje es similar; el 46,9% de los isleños ya tiene la vacuna completa, la parte más frágil de la población. Esa percepción de que los viejos ya están a salvo estimula la ilusión de que no pasará nada si se contagian los jóvenes, en todo caso será un mal menor. Los muertos a partir de ahora serán más colaterales todavía, es el mensaje que emiten desde todos los palacios.
En ese escenario de defunciones reducidas y vacunación creciente, el espejismo de la recuperación social quedó sembrado con dos mensajes oficiales. El 9 de mayo terminó el estado de alarma, y la gestión de incidencias quedó en manos de las comunidades autónomas, con el consiguiente desbarajuste porque las medidas más eficaces de contención de masas han quedado anuladas por los tribunales, convertidos en centros de decisión sin más criterio que la dispar y desigual voluntad de sus señorías.
Por si eso no bastaba, el 26 de junio se elimina la obligación de usar mascarilla. "Volveremos a disfrutar en la calle de una vida sin mascarilla”, proclamó en Barcelona un eufórico Pedro Sánchez apenas tres días antes de conceder los indultos a los políticos presos en Cataluña. Y si miran bien las fechas en las estadísticas, comprenderán que esta retirada (la de las mascarillas), coincidente con el final del curso escolar y universitario, tuvo un efecto inmediato en el repunte de los contagios. A veces el entusiasmo del poder provoca hogueras.
En Gran Canaria, por ejemplo, el 24 de junio se registraron apenas 23 casos; desde entonces, el aumento espanta las previsiones de un verano sereno. Este lunes 12 de julio se añadieron 147 casos en la isla, de repunte selectivo. Obsérvese que el 90% de los casos de la isla se concentra en Las Palmas de Gran Canaria, un fenómeno singular que no se produce en otras islas, donde el virus está más disperso. La capital canariona tiene en esto un problema singular que no parece de interés público. Claro que Tenerife sumó este mismo día 269 contagios, a un ritmo propio de caída por el abismo porque ya saben que esto es culpa de todos, pero no es responsabilidad de nadie. Aún así, los registros canarios son modestos, porque las olas inundan países y mercados sin miramientos, pero el dislate no sirve de excusa ni de consuelo. Mientras, las decisiones políticas transitan a remolque de los tenderetes callejeros, sometidas a los juzgados, reducida la salud pública como si fuera un pleito por un cercado. Este es el paisaje al inicio del segundo verano de pandemia; un mar de espejismos empedrado de buenas y malsanas intenciones. No dejen que les arrastre la ola.

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