‘El Barranco’ audiovisual, un ejercicio de conciencia


El Barranco (Nivaria Tejera, publicado por primera vez en 1958 en París, en francés) es la primera novela que retrata el desgarro provocado en Canarias por la guerra civil española. Sin embargo, pese a su enorme calidad (literaria e historiográfica), sigue siendo ignorada para el gran público. Ahora, un grupo de seis cineastas  (jóvenes y mujeres todas), recorre el Archipiélago con un precioso proyecto audiovisual donde cada una de ellas desvela el sabor que les ha dejado la lectura del libro de la autora canario- cubana, cuyo reconocimiento es uno de los más flagrantes asuntos pendientes de la cultura canaria del último siglo.


La obra de esta autora escapa del interesado, rentable silencio gracias al sostenido esfuerzo que desde la distancia realiza desde hace años María Hernández Ojeda, una incansable investigadora y difusora de la narrativa de Tejera, que representa también el enorme desafío de los jóvenes investigadores de este comienzo del siglo XXI. Profesora titular de Literatura Contemporánea en el Hunter College de la Ciudad de Nueva York, María vive centrada en mantener a flote el legado de la cultura atlántica que conecta Canarias con América y en especial, con la emigración de los isleños a Cuba. Ese paisaje de tránsitos y migraciones (así tituló un curso que durante al menos dos ediciones mantuvo activas las conexiones académicas entre las universidades públicas canarias y varias instituciones estadounidenses a mediados de la década pasada), es el territorio donde siembra semillas como la citada expresión de las artistas audiovisuales. Al oírla surge la duda de si hubiese podido desempeñar esta labor de haber permanecido en Canarias; dicho de otro modo, en Canarias se echa de menos que (desde las distintas academias) surjan y se consoliden con más frecuencia y fluidez vocaciones como la de Hernández Ojeda.


La cita convocó la semana pasada a unas 20 personas en la ermita de San Pedro Mártir de Telde, en una exposición a la que sólo acudió Juan Martel, concejal de Cultura, como único representante político del Ayuntamiento de Telde (dicho sea sin ánimo de molestar, sino más bien de dejar constancia del hecho, y por situar el acontecimiento en esa orilla de los actos marginales de la gestión política). En este asunto, es justo apuntar que la iniciativa está financiada por el Instituto Canario de Desarrollo Cultural, y el dinero, da igual la cuantía, está muy bien invertido tanto por el objetivo como por el resultado. Como no soy crítico de cine, esta es sólo la opinión de un espectador más; todo lo que se haga para el desarrollo de las artes audiovisuales estará bien utilizado, y en este caso, mucho más necesario que en otros. La proyección de las seis lecturas expresa la madurez de los talentos que se están construyendo con los nuevos lenguajes artísticos, y estimular esa creatividad es una obligación de todos los públicos.

Por pequeña que sea la audiencia, la colectiva es un ejercicio que fomenta y difunde tesoros enormes de la cultura canaria, dicho sea tanto por la obra de Nivaria Tejera como por el trabajo (excelente, por si no quedó claro) de las artistas convocadas, a saber, Claudia Torres, Silvia Navarro, Daniasa Curbelo, Macu Machín, Estrella Monterrey Viña y Violeta Gil Quintana. El proyecto audiovisual El Barranco lleva por las islas esta misión cultural que trata no sólo de recuperar una voz imprescindible de las letras canarias, sino que abre las ventanas de la memoria de un país que sufrió el desastre de una guerra, y aún le cuesta mirarlo de frente. No es un acto más de la industria del ocio; es una apuesta que fija los cimientos de la cultura atlántica del siglo XXI. Un ejercicio de conciencia que conviene abrigar para que los vientos del olvido, tan sembrados de ruido y de silencios, no destruyan el legado del sufrimiento de los canarios. Y para que de una vez por todas, la Literatura con mayúsculas descubra, incluso fuera del Archipiélago, a una autora exquisita, tan vigente y de voz tan profunda como la expresada por Nivaria Tejera en El Barranco, obra que debería ser de lectura obligada (al menos) para todos los jóvenes del Archipiélago.

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