A ver quién paga esto ahora, Alexis
Con Alexis algunos periodistas tenemos una deuda. No una deuda literaria, ni una deuda sentimental. Ni siquiera una deuda simbólica; lo nuestro es una deuda de dinero. Porque Alexis trabajaba en el bar en el que nos gustaba trasnochar cuando salíamos del trabajo en horas ya oscuras para andar por las calles. Entonces aparcábamos aquellas almas errantes entre las mesas de billar y la barra del Cuasquías, y Alexis iba poniendo copas sin anotar, o anotando pero a escondidas, y sabiendo lo que se hacía.
En realidad lo sabía también Toñín Barrera, el dueño del local, que siempre ejerció su papel de bonachón que perdonaba todos los pecados de aquellos jóvenes sin destino, a sabiendas de que no tenían otro sitio mejor a donde ir. O sea, si se iban no gastarían en su bar, pero si se quedaban tampoco, aunque darían conversación al público y a las públicas y eso ayudaría a amortizar los gastos. Arriesgada apuesta.
Ambos, Alexis y Toñín, parecían cómplices al suministrar las copas sin llegar nunca a la amenaza para cobrar el abono correspondiente, y luego, cuando ya los continentes se retiraban, les quedaba conversación para echar la arrancadilla sentados por fuera de la barra con la calma del que ha superado la tormenta (ahí era Toñín, porque Alexis se esmeraba más en fregar los vasos y dejarlo todo preparado para el día siguiente).
Entonces Alexis era un joven camarero que acumulaba horas de vuelo y varices en jornales impropios de su edad, y leía como un poseso y hablaba de sus afanes por escribir con las fuerzas que le quedaban al final del día. A todo se apuntaba; a talleres literarios, a charlas de escritores, a bibliotecas que abriesen en horarios compatibles con el duro trabajo de despachar copas y al siseo en librerías que ya no existen, como hicimos muchos sin temor a las alarmas.
Era más joven que nosotros, pero trabajaba más y no gastaba tiempo en vanidades, lo que le daba cierta ventaja frente a aquel grupo de pretenciosos escribientes de los diarios. Tal vez por eso nunca se esmeró en cobrar lo que les despachaba; él ya nos iba ganando el terreno, y con los años nos reíamos de aquellas correrías como esos ladrones a los que nunca alcanzó la policía. Como si aún supiera exactamente el tamaño del desajuste contable, y que alguna noche sin fondo pactamos devolver a base de echar tragos cuando nos viésemos.
Eso ya no será posible. Se acaba de llevar para siempre las cuentas que quedaron pendientes, y ahora ya no podemos librarnos de ellas. Deudas tengas y las pagues, dicen los viejos. Así sufren los deudores; nada pesa más que una factura imposible de abonar.

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