La sombra de las tres marías

Todas las mañanas cae un cafelito en una terraza que agradece la sombra de los árboles. El local tiene un cartel que deja clara la forma de ocupar las mesas; el cliente primero pide su consumición y luego elige asiento. Por lo que sea, en la madrileña calle de Serrano algunos habitantes no alcanzan a comprender el orden simple de estas cosas, y a veces la aristocracia del barrio desconoce con quien se va a jugar la única mesa disponible bajo esa sombra. 

El caso es que ocurre casi todos los días; llegan tres, se sienta una y las otras dos personas se ponen en la cola para ser atendidas por las camareras, en su totalidad jóvenes bien ágiles de origen latinoamericano. Obtienen con ese comportamiento filibustero una ventaja que el solitario jubilado no puede superar; como va solo no puede guardar la mesa y hacer la cola a la vez, y casi a diario, cuando llega con su bandeja, la mesa de la sombra la ocupan las más retrasadas señoritingas del barrio. Eso fue así hasta esta mañana; porque un humilde desplazado en la ciudad por obligaciones que no vienen al caso, hoy decidió sentarse en la misma mesa que sus señorías, que alborotadas intentaron hacerle ver que esa mesa era para ellas.

 Primero, la única guardiana que había quedado de retén le apuntó con más nervios que educación que ahí no podía sentarse el jubilado. Sin saber que hoy no era el mejor día para incordiar a un talayero… porque la respuesta, mitad sorna y mitad desafío, destartaló las ínfulas de la niñata. “Usted no ha respetado las normas de la casa, yo he llegado primero y me voy a sentar aquí a la sombra, y tampoco tengo inconveniente en que usted y sus amigas se sienten conmigo a tomar el café, el té o el aperitivo, siempre y cuando cada cual pague lo suyo”. A falta de otros argumentos, la sorprendida busco refuerzos, y trajo a la segunda de las afectadas. “Perdón, esta es nuestra mesa”, dijo como queriendo tratar de ignorante al atrevido. Entonces subió un tono el sarcasmo: “ah es suya? Puede preguntar a la encargada del local, porque no veo aquí ningún título de propiedad que no sea la marca del mismo bar”, dijo mientras inclinaba la cabeza como queriendo buscar alguna inscripción oculta bajo la mesa.

Y así llegó la tercera, la veterana que parecía la de más pedigrí por las horas de peluquería que le adornaban la cabeza. En este el interior del cerebro suele tener un uso inversamente proporcial al gasto que acumula en lacas y teñidos. Y ahí el talayero ya jugó para bingo; “si quieren se sientan conmigo, traigan una silla y nos juntamos”. “O se quita de ahí o llamo a la encargada”, respondió la incauta como queriendo decir que llamaría a la policía de mesas y sillas de Madrid. “Pues llame a quiera, señora, estamos en un país libre”, que como ustedes ya sabrán es una forma simpática de señalar lo libres que se sienten los herederos madrileños cuando salen a desayunar. Pero claro, la encargada es sudamericana, y ¿cómo se atreve la hija de Madrid a darle autoridad a una joven recién llegada de Medellín que no sabe dónde queda La Atalaya? Eh?

Pues las tres marías acabaron cogiendo sus cosas y mudándose al solajero, que es donde a los talayeros nos gustan las verbenas, pero no los desayunos obligados en Madrid. Y cuando el señorito que parecía tonto terminó el café, terminó de leer el periódico y terminó de hablar por el móvil con los amigos como si estuviera invirtiendo en la Bolsa de Londres, risa va, risa viene, pues solo entonces, recogió la bandeja, le dio las gracias a la encargada, y saludó a las tres marquesas tocándose el ala del sombrero imaginario. Y acercándose a la mesa, en tono amable pero burlesco les dedicó su último saludo. “Que tengan un buen día, amigas, y protéjanse del sol, que le hace daño a la gente mayor”. Y se fue sin mirar atrás, para no convertirse en estatua de sal.

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