Siempre llueve por algo

 


Llueve cada vez que alguien se muere, como un esfuerzo más de la naturaleza por mantener sus equilibrios. Siempre que alguien fallece, en algún lugar del universo se rompe una nube, y los meteórologos son incapaces de explicar ese fenómeno, ajenos a los secretos profundos de la vida.

A veces se reúnen las lluvias pendientes, y despachan las deudas de las matanzas colectivas, las víctimas de las plagas facturan al por mayor y no siempre llueve en el lugar indicado, ni a la hora prevista; incluso es de sobra conocido que nunca llueve a gusto de todos. Pero siempre llueve por algo; el agua se desprende como la vida, inicia su recorrido antes de evaporarse en la superficie y se eleva acumulándose en formas caprichosas, sin más leyes que la rutina de todos los inventarios del amor. Como de agua estamos compuestos, cada vez que un cuerpo se acaba se repite el ritual. 

El sábado amaneció lluvioso, refrescó el ambiente como suele ocurrir por estas fechas en las regiones más al norte. Y por los charcos que pisaban los niños, si no fuera por la playa Las Palmas sería como Oviedo, una ciudad mustia encerrada en sus silencios, husmeando entre las piedras de sus templos comerciales como otras multitudes escarban entre la basura. Después resultó que se había muerto Ángel González, y entonces todo encajó; la piel del agua estaba marcada en las orillas de todas las aceras, saludando a los que pasaban distraídos, con ese aire calmado que desprenden los poetas incluso cuando mueren, dejando los días abandonados y a los lectores, con ganas de no salir de casa. 

Fue un sábado casi lunes, mustio por las sombras y alegre por los encuentros, que empezó a levantar cabeza con la victoria del equipillo, ya oscureciendo; la luz estos días se marcha antes, pese a los espacios abiertos que van dejando las hojas caídas. Es cierto que apenas quedan árboles, pero la ausencia forestal no evita el paso del invierno. Las estaciones siguen ahí, en la base de todo tratado de urbanismo. Aunque no les hagan ni caso, como al agua salvaje, a los poetas irredentos y a otras tantas libertades.

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(Texto publicado el lunes 14 de enero de 2008 en Canarias7, en la muerte del poeta Ángel González)

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