Fechas de caducidad

 

El tiempo se va volando, dice la gente.

El tiempo es un bicho indomable. Poetas, cantantes, novelistas, científicos o religiosos se ocupan de él con esfuerzos distintos. Tratan de comprender el alcance de la vida, el tamaño del universo o la duración de los misterios. Todo empieza y todo acaba en él, pero el tiempo permanece más allá de cualquier isla.


Anda por ahí un experto (Alberto Casas, doctor en Física Teórica) explicando que el tiempo no es una ilusión (ese es el título de su libro, La ilusión del tiempo), aunque es una ilusión la manera en que lo percibimos. 


El tiempo transcurre más lento o más rápido dependiendo del observador; y va más despacio en el suelo que encima de una mesa. Cuanto más intenso es el campo gravitatorio, más despacio va todo. Es un proceso constatado por la ciencia, que también explica la evolución humana a partir de los cambios sociales. Es más suave la vida rural que la urgencia de los entornos urbanos, y las nuevas tecnologías fomentan la ilusión de que los procesos vitales se aceleran. Más rápido o más lento, es el ritmo que cada cual se impone en esa quimera que aborda la vida como si no tuviese final. A unos les aturde el temor de las terminaciones, mientras otros encuentran en su principio, en su infancia o en sus experiencias iniciales, la explicación a toda su biografía sin otro remedio. Así dice la gente que el tiempo se va volando. 


Las máquinas de la vida cotidiana se empeñan en alterar esa percepción. Basta con abrir uno de esos calendarios digitales que se manejan en el teléfono movil o en los ordenadores, para entender cómo es el abismo. En menos de un minuto se llega a cualquier fecha remota, y usted puede asomarse a su propia ausencia si remonta el día, el mes o el año con esa ruedita. Con apenas varios giros puede abandonarse en el año 1432, o en 1847… y respirar aliviado por no haber estado allí cuando había que levantar las piedras que armaron esos castillos, o sin ducha para asearte. Aunque también puede contemplar con un solo clic la desolación de alcanzar una fecha en el año 2317, a sabiendas de que no llegaremos vivos.


Algunos tramos cortos tienen una prosa menos fantasiosa. La industria alimentaria es experta en la fragilidad de las fechas. Suelen ser plazos muy cortos, apenas quince días, que indican la velocidad a la que giras tú en la Tierra. En los quince días que se fija el consumo de esos productos puedes viajar al extranjero y volver o no, y también puedes sobrevivir en la rutina sin moverte del sitio. Puede que en los aeropuertos los viajeros tengan prisa porque se les caduca la comida en las neveras. 


Luego están los plazos que sólo miden edades avanzadas. El otro día llegó una carta del banco, con la tarjeta de crédito que dará relevo a la que caduca pronto. Hasta 2032, estará vigente la renovación. Y ahí empiezan cuentas que antes nunca se formularon, la apetencia de que todo fluya más lento y más rápido a la vez. Para entonces el cuerpo habrá llegado a los 70 años, si es que ningún percance lo impide. El tiempo es sobre todo una forma de viajar, sin saber cuándo llegaremos a esa estación sin retorno que es la fecha de caducidad. Ese lugar del que nunca te avisan los bancos ni las tapas de los yogures.

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