No a la guerra. Manual de resistencia
La guerra parece el único diseño aplicable al segundo tercio del siglo XXI. Los acontecimientos que se acumulan en este primer trimestre de 2026 aceleran esa deriva de la Historia; la conjunción de líderes mesiánicos (Trump, Putin y Netanyahu como cabezas de serie) y de colectivos de vasallos convenientemente financiados han derruido ya el edificio del derecho internacional y las normas básicas de convivencia pacífica entre pueblos y naciones, a la vista de lo ocurrido en apenas una década en Ucrania, Siria, Palestina, Venezuela y ahora, un escalón mucho más alto, en Irán.
Como el marco de nuevas perspectivas es amplio y aún está por delimitar, vayan aquí unos primeros apuntes para iniciarse en las mecánicas de la resistencia. La juventud actual y la venidera son las que tendrán que hacer frente a estas desgracias, las ya disponibles y las que aún están por llegar, y ciertamente necesitan algún manual que les ayude a moverse en el laberinto de distracciones que las tienen sometidas. Las sociedades europeas, española y por supuesto, la canaria, débil entre las débiles del mundo occidental, están ya implicadas en el destrozo definitivo del viejo modelo nacido de la Segunda Guerra Mundial. Todavía faltan escombros, pero ya no queda otra alternativa que organizarse para entrar en este mundo de totalitarismos nacidos bajo la falsa bandera de la democracia.
La primera de las condiciones consiste en aprender a decir que no. No a los quebrantos éticos en la manipulación de herramientas de perversión social. Son esas piezas altamente avanzadas que permiten a las empresas tecnológicas usar los datos ingenuamente cedidos para facilitar la identificación de objetivos civiles y convertirlos en carne de cañón de sus particulares beneficios. No a las perversiones que se esconden detrás de supuestos avances científicos, sólo rentables si se aplican con máquinas capaces de matar. Se invoca ese viejo axioma que puede resumirse en el “no todo vale”; porque el modelo imperante, que viene de imperio, trata de calzar en las conciencias la fuerza como único modo de relaciones. Entre países, entre pueblos, entre personas; el dominio como mecánica de funcionamiento social. La bandera de la falsa libertad se levanta como símbolo de este espejismo.
En Canarias la resistencia a esta lógica se ha cultivado largamente, dada la exposición del Archipiélago a conflictos ajenos que no se perciben en los territorios interiores de la España peninsular. Estos días proliferan biografías, relatos y papeles sobre la Transición política vivida tras la muerte de Franco, sin que nadie se haya ofrecido aún a explicar el acto fundacional de la actual dinastía borbónica, como fue el abandono del Sáhara Occidental cuando el dictador aun no había muerto. Sólo apunto este hecho por lo que tiene de antecedente del desprecio al derecho internacional, sostenido luego por los sucesivos gobiernos democráticos que aun mantiene del vigente pacto gobernante, incluso con mayor entusiasmo si cabe. El mismo que presume de ser el más progresista del último siglo.
El referéndum de la OTAN celebrado el 12 de marzo de 1986 permitió la expresión mayoritaria de Canarias en contra de las dinámicas guerreras. Después de 40 años, esa voz que dijo entonces “No a la guerra” aún resuena en la conciencia colectiva. No tuvo mayor repercusión porque la mayoría potenciada por el partido entonces gobernante logró convencer a la población peninsular con el espejismo de poner fin al aislamiento internacional de España. Se puede decir aquí que de aquellos polvos nacen estos lodos que ahora atrofian la convivencia entre naciones, aunque para comprender este proceso hay que tener en cuenta factores que entonces no estaban en el horizonte. A los que entonces dijimos no, los tiempos han venido a darnos la razón poco a poco, como a los locos.
Cuando esa alianza militar fortalecida sobrevivió al final de la Guerra Fría, optó por elegir nuevos escenarios, y derivó su poder hacia la protección de las energías fósiles. Fue así como se entró a saco en lrak en 2003, cuando aquel gobierno español sentó a José María Aznar disfrazado de vaquero del medio oeste con las botas encima de la mesa. Así había que destruir el poder iraquí para salvar el mundo. Quiso la malandanza que los atentados de Madrid pusieran fin a aquella desventura, cuando buena parte de la población española llevaba meses gritando por las calles la misma verdad de siempre, “no a la guerra”.
La Europa acostumbrada a la dependencia militar de Estados Unidos y a las exigencias de Israel empieza ahora a despertar de su letargo, urgida por la ansiedad belicista coordinada de la industria militar, de las petroleras y de los nuevos ricos de las multinacionales tecnológicas. Las incidencias desatadas tras los bombardeos sobre Irán obligan a elegir entre un mundo entregado al combate y la destrucción de toda opinión discordante, o la disidencia organizada para alumbrar un mundo mejor. Porque no queda otra ruta; o se está con los que desprecian las normas y amenazan a quienes no les secundan, o se participa de algún modo en la construcción de alternativas que acaben con esta locura.
Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno español, ha rescatado aquel lema muy presente en la conciencia de los ciudadanos, mientras la oposición del PP y Vox, los grupos de la derecha siempre depredadora, claramente prefieren ejercer de secuaces de los caprichos del consorcio estadounidense- israelí. La izquierda del PSOE, incluidos los nacionalismos más o menos progresistas, está tardando en comprender de qué tamaño debe ser la respuesta a los desafíos de este tiempo desconocido. Por lo pronto, conviene saber en qué lado de la historia quieren retratarse. La guerra, como ya sabemos, es un monstruo grande que pisa fuerte sobre la pobre inocencia de la gente. Por eso, como siempre y cuantas veces sea necesario, hay que decirlo claramente. En voz alta. Juntos y de uno en uno. No a la guerra.

La gente de buena voluntad debiera suscribir este artículo. Se puede decir más alto, pero no más claro.
ResponderEliminarNo a la Guerra!
ResponderEliminarBuenísimo el artículo. Pienso que es necesario un estatuto de neutralidad para Canarias.
ResponderEliminarExcelente artículo, al que apoyo totalmente.No a la Guerra.
ResponderEliminarAnálisis certero y lúcido. ¡Cuanta razón tienes!
ResponderEliminarNo a la guerra!
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