¿Era esto lo que queremos?
¿Era esto lo que queríamos? La pregunta acompaña desde hace décadas la mirada de aquellos jóvenes que desde finales de los años 60 del siglo pasado se movilizaron para forzar el fin de la dictadura de Franco. Han pasado 50 años desde la muerte en la cama de aquel dictador, pero el interrogante sigue abierto. El tránsito de aquel periodo germinó esto que ahora llamamos democracia, un proceso que en estos días se somete a algo parecido a un test de estrés, si usamos la jerga de los tecnócratas. A las puertas de unas elecciones generales anticipadas, donde se ven con opciones de ganar quienes reivindican abiertamente y sin pudor el retroceso al sistema que ya entonces se presumía atado y bien atado, vino Angel de la Calle a presentar en la Fundación Juan Negrín (martes, 20 de octubre de 2026) su novela gráfica La Caja de Pandora (vivir y morir en los tiempos de la Transición), un retrato de aquel tiempo transcurrido entre 1973 y 1980 que obliga a repensar lo que está pasando o a punto de pasar. ¿Es esto lo que queremos?
Del autor conviene advertir que se trata de una figura indiscutible del panorama cultural español, en sus múltiples facetas como dibujante, ilustrador, diseñador, agitador cultural y teórico del mundo de la viñeta y el cómic. Su trayectoria, marcada desde su inicios como impulsor del relato gráfico, incluye la implicación en manifestaciones culturales del tamaño de la Semana Negra de Gijón, cuya dirección ejerció durante dos sexenios hasta 2023 y le llevó a recibir la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de 2021. Su carrera da un giro en 2003 con la publicación de Modotti, una mujer del siglo xx, una biografía de la fotógrafa italiana Tina Modotti (1896-1942), que junto a la premiada Pinturas de Guerra, en 2017, componen la trilogía que ahora se completa con la publicación de La caja de Pandora, novela que vio la luz el 20 de noviembre de 2025, al cumplirse medio siglo de la muerte del dictador.
![]() |
Detalles como esa coincidencia de fechas pueden parecer un ajuste de cuentas, y efectivamente, lo es. Pero la novela no es sólo eso. Es también el relato descarnado que conjuga la mirada de quienes siguen sin aceptar la derrota de aquellas aspiraciones de cambio social y político, y de quienes aprovecharon el rebumbio para sacar provecho sin alterar el orden establecido en nombre del desencanto.
Es, por esto, la reivindicación de los irredentos, un barco en el que apenas caben los poetas, los artistas, y en general, los derrotados de aquellas batallas que se dieron con poca fortuna, y de las que se quedaron por el camino. Como en aquella viñeta de El Roto publicada al cerrar el diario El Independiente en octubre de 1991, que decía "tranquilos muchachos, los derrotados somos invencibles", esta novela gráfica viene a ironizar sobre el paradójico destino de los autores contrariados, de un tiempo en el que no siempre triunfaron los mejores.
Y por esto mismo, tiene una rabiosa actualidad la lectura de esta obra, que ha venido para quedarse como un icono de tantos asuntos pendientes. Los que querían entonces pan, trabajo, cultura y libertad; los que reclamaron la urgente defensa de los derechos universales como la vivienda, o la dignidad de las personas sin menosprecio de su condición sexual, de su procedencia o de su religión. Los que creyeron en un cambio del que salieron escaldados, o sobre todo, desencantados. Los que esperaban una revolución que nunca llegó a producirse, siguen ahí, preguntándose si era esto lo que queríamos. Agarrados al timón de esos poetas, que como Ángel, siguen empeñados, contra viento y marea, en que otro país es posible.
No hay mejor manera de revisar ese pasado que mirando al presente. La ficción entonces se convierte en un espejo donde se proyectan los desafíos actuales, y algunos interrogantes resultan explícitos. Cómo se va a generar contracultura en un país que no tiene cultura, se pregunta unos de los personajes de la novela, convencido de que “esta fiebre democrática pasará” porque ahí convivían las ovejas negras de las familias beneficiadas del régimen, con los aspirantes a revolucionarios que nadie iba a rescatar de sus naufragios, bañados muchos en las drogas, el alcohol y las demás texturas que redujeron las aspiraciones artísticas a la poética de la intemperie y la soledad.
Son tiempos, los actuales, de movilizaciones sociales, encendidos por el clamor juvenil a derechos básicos como la vivienda, reducidos a simple mercancía donde se ahogan las expectativas de un futuro mejor. Soportes vitales devaluados en caída libre desde la crisis de 2008, curioso modo de vacunarse contra las burbujas inmobiliarias. Y aún así, asomados a ese precipicio, se anuncia la posibilidad de una victoria reaccionaria, que no se esconde al pregonar que viene con motosierras y hachazos despiadados a destruir el frágil modelo de convivencia construido en estas décadas. No se cortan al avisar de que van a derribar el sistema de pensiones públicas, o a fomentar la privatización de la sanidad, arropados por las groserías de esos multimillonarios que prefieren mudarse a la luna o a Marte antes de hacer de este planeta un mundo mejor.
La novela sostiene, frente a esa propuesta de vaciado de las conciencias, la vigencia de la memoria como herramienta de resistencia, "que no ha caído todavía”. La realidad, mientras tanto, exige esfuerzos constantes, entre ellos el ejercicio de ir a votar en 29 de noviembre para impedir la llegada de un tiempo de oscuridades. Porque la suerte, aunque la propaganda diga lo contrario, no está echada.


Comentarios
Publicar un comentario